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Hemos elevado a los cielos a dos potencias que tuvieron sus momentos de gloria y este año, están cayendo.

Corría el año 2013 cuando la Unión Jack y la Stars and Stripes se veían por España más que el tebeo. La rojigualda sólo salía a la luz si había un partido importante de fútbol, pero estas otras, las podías encontrar en sudaderas, estuches, llaveros… Los mismos que llamaban facha a aquel que tuviera una pulsera con los colores del ketchup y la mostaza, vestían orgullosos las banderas extranjeras que eran auténticos símbolos del progreso y del S.XXI.

Las grandes urbes británicas y americanas contribuían a esta percepción. Nueva York, la capital del mundo y Londres, la ciudad que todo adolescente europeo debería haber visitado

A rebufo de la industrialización del siglo XVIII Reino Unido era el ejemplo de país cosmopolita, moderno… donde la monarquía más clasista del mundo convivía con el más puro de los liberalismos. De la misma forma, las relaciones internacionales y su intervencionismo, hicieron que Estados Unidos se pusiera en boga, ayudado por sus respectivas macroproducciones hollywoodienses, como el país policía del mundo.

¿Porqué mi país no será como ese? Decían los españoles, no tanto los franceses…

La realidad nos ha dado dos sopapos este año; el BREXIT y Theresa May nos han demostrado que, fuera de Londres, en la sociedad británica imperan más bien ideas egoístas y en su propio gobierno, otras peores. Y hoy, la victoria del payaso Trump demuestra una sociedad americana falta de seriedad, donde las ganas de espectáculo parecen reinar en la mayoría de estados sobre la cordura.

Aunque el lenguaje del siglo XXI ya sea el inglés, en estos países el nacionalismo de bandera impera sobre aquel otro que quiere lo mejor para su país, y para el mundo.

El sueño americano hundido en una zarza y el británico, pudriéndose de soledad.

 

Fotografía| Elliot Brown