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No es que no me guste el dinero, pero llevar una herrería encima no me atrae. Las monedas y las billetes, a parte de anti-higiénicos son molestos: casi nunca logras cuadrar los que tienes que pagar con ese monederío en céntimos que va sobrando, que finalmente no sabes qué hacer con él y terminas por meterlo en una hucha farfullera para después tener que coger plastiquitos en el banco y empaquetarlos… en difinitiva, un rollazo.

También es molesto para las empresas que derrochan recursos en el mantenimiento y custodia de sus fondos en efectivo y relentizan sus transacciones (cuento tienes que buscar dos monedas de cinco céntimos y una de veinte en el caos, mientras la cajera te mira). Otra cosa son las comisiones abusivas de los bancos a estas empresas por pequeños importes, algo que con un poquito de competencia ya irá desapareciendo.

Pero si alguien sale ganando en este asunto del dinero contante y sonante son los maleantes: los corruptos que se pagan con billetes de 500, el drug dealer que va agarrando cientos de billetes de 5 euros… y es que si pasamos del Patrón Oro a un sistema monetario en el que el dinero únicamente tiene valor porque todo el mundo confía en que ese papel o ese cacho de metal tiene efectividad, es hora de dar un salto más allá y como Suecia o Dinamarca, promover la desaparición de la asquerosa chatarra.

Algo de lo que ningún grupo político habla.